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Diferencia entre estar enamorado y amar a alguien, El primero… es el único y verdadero amor?

Cuentos y estractos de Jorge Bucay 5

Diferencias entre estar enamorado y amar a alguien

Cómo se puede explicar que alguien “pierda la cabeza” por otra persona, que alguien no pueda pensar en otra cosa que el amado, que alguien llore durante semanas esperando una llamada de aniversario que no llegó… Estas emociones violentas e irracionales que pueden suceder únicamente cuando ese alguien está enamorado.

Es que estar enamorado no es amar.

Porque amar es un sentimiento y estar enamorado es una pasión.

La pasión, por definición, son emociones desenfrenadas, fuertes, absorbentes, intensas y fugaces como el destello de un flash, que son capaces de producir transitoriamente una exaltación en el estado de ánimo y una alteración de la conciencia del mundo del que la siente.

Este caos emocional tiene, lamentablemente y afortunadamente una duración muy corta: digo lamentable porque mientras lo vivimos, nos gustaría, a pesar de todo, permanecer en la fascinante intensidad de cada una de las vivencias, y digo afortunadamente porque creo que nuestras células explotarían si este estado se prolongara más allá de unas cuantas semanas.

Inmerso en esta pasión perturbadora, nadie puede hacer otra cosa que no sea estar, pensar o recordar a la persona de la cual se esta enamorada. Se trata pues de un estado fugaz de descentramiento (uno cree que el centro de la vida de uno es el otro), una especie de locura transitoria que, como dije, se cura sola y en general sin dejar secuelas.

Durante el tiempo que dura el enamoramiento, uno vive en función del otro: si llamo, si no llamo, si esta, si no esta, si me miro, si no me miro, si me quiere, si no me quiere…

Estar enamorado es enredarse en un doloroso placer el de la disolución en el otro.

Si nos detuviéramos a pensarlo en serio nos daríamos cuenta de lo amenazante para nuestra integridad  que sería vivir en ese estado.

Un escritor costarricense, describe la felicidad de estar enamorado en un texto que creo maravilloso:

 

Cuando estaba enamorado, había mariposas por todas partes, la voluptuosidad de la pasión me carcomía la cabeza. Durante todo ese tiempo no escribí, no trabajé,  no me encontré con los amigos. Vivía pendiente de los movimientos o de la quietud de mi amada; consumía montañas de cigarrillos y toneladas de vitaminas, me afeitaba dos y hasta tres veces por día; hacía dietas,  caminatas. Me perseguía hasta la certeza la paranoia del engaño,  pensaba todo el tiempo en besarla,  en mimarla, en acariciarla. Durante semanas gaste demasiado dinero,  demasiada esperanza, demasiada crema para el sol, demasiada esperma y demasiada perfume. Escuchaba demasiada música clásica, utilizaba demasiado tiempo,  consumí toda mi tolerancia y agoté hasta la última de mis lágrimas. Por eso siempre digo recordando esos momentos: Nunca he sufrido tanto como cuando era feliz.

 

La confusión reinante entre esos términos, más la malintencionada idea de homologarlos, ha sido y es causante de horribles desencuentros en las parejas.

“ya nos es como antes…”, “Las parejas con el tiempo se desgastan…” y “No estoy más enamorado… me voy”, son algunas de las frases que comúnmente se dicen, apoyadas en la idea de que los matrimonios deberían continuar enamorados “como el primer día”. Es muy lindo pensarlo posible, y a uno le gustaría creérselo, pero es mentira.

El estado ideal de una pareja no es el de aquellos primeros meses en que estaba enamorado, sino el de todo el tiempo en que se aman en el sentido cotidiano, verdadero.

Probablemente desde la fantasía, a mí me gustaría estar enamorado de mi esposa después de veinte años, porque estar enamorado es algo realmente encantador. Aunque, con toda seguridad, si yo estuviera enamorado de mi esposa, de verdad enamorado de mí esposa, en este preciso momento no estaría escribiendo esto.

Si yo estuviera enamorado, sentiría que esto es perder el tiempo.

Si yo estuviera enamorado de mi esposa, en este preciso momento no tendría nada de ganas de estar acá, porque estaría pensando en estar allá, en encontrarme con ella, o en todo caso en escribirle un poema, pero siempre alrededor de ella porque ella sería el centro de mi vida.

Cuando en un vínculo que comienza con esa pasión, estar enamorado da paso al amor, todo sale bien. De hecho nada mejor podría pasarnos.

Pero cuando no conduce allí, el desenamoramiento sólo deja detrás de sí una sensación de una ciudad devastada, la ruina emocional, el dolor de la pérdida, el agujero de la ausencia.

Y uno se pregunta: ¿Por qué se termino? ¿Por qué no era cierto? ¿Por qué era poco? ¿Por qué era mentira?…

No. Se terminó simplemente porque era una pasión.

Lo cierto es que, me guste o no, el enamoramiento se acaba. Y cuando eso sucede con suerte vuelvo a centrarme en mí y desde allí puedo permitir que florezca el amor verdadero.

 

El amor es el regocijo por la sola existencia del otro.

 

La frase evoca un sentido casi supremo del amor, el más profundo y el más intenso.

Posible o no, éste será el objetivo más deseable: llegar a amar tanto que me alegre sólo por el hecho de que el otro exista.

 

El primero… es el único y verdadero amor?

Queremos pensar que se ama una sola vez en la vida y para siempre, aunque sepamos que no es verdad. Preferimos retorcernos de miedo controlando lo que el otro hace cuando no estamos juntos y seguir aferrados a al idea de que no podríamos vivir el uno sin el otro, aunque sabemos que sin el amado la vida igual continúa aunque no continúe igual.

Y lo pensamos, en gran medida, porque hemos sido enseñados a creer en esas mentiras. Falsedades para sostener la idea de la presión deseable, pero también para condicionar una forzada fidelidad o una machista exclusividad.

Las víctimas sindicadas de esta distorsión son las mujeres. Estamos hablando de mujeres de hace 30 ó 40 años atrás. Estas mujeres han sido condicionadas por esta idea de que tenían que conformarse con un solo amor y con un solo varón para toda la vida.

La historia de que se ama una sola vez en la vida y para siempre es mentira.

Es mentira que sea necesariamente para siempre y es mentira que no pueda ser más de una vez en la vida.

 

Un día, por el camino de un country, me cruzo con un señor que después de separarse de su primera mujer se había vuelto a casar. Yo lo conocí cuando todavía estaba casado con la primera.

Aquella relación aparentaba ser espectacular. En un momento determinado, cada uno por su lado había dedicado toda su locuacidad a descubrir el amor que sentía.

En la mesa, mientras las mujeres traían unas empanadas, alguien le pregunta cómo le va con este segundo matrimonio, y él cuanta lo mucho que ama a su segunda mujer. Cuando ese alguien, que había conocido su relación anterior, le pregunta si pudo dejar de amar a la primera para poder amar a la segunda, él responde:

-¡No! ¡Aquello no era amor, el verdadero amor es éste!

 

¿Por qué negar ese amor? Él no podía aceptar que había amado,  que había dejado de amar y que ahora amaba a otra mujer. Tenía que desprestigiar el otro amor para poder darle lugar a éste. Los viudos y las viudas a veces hacen lo mismo, dicen: éste es el verdadero amor, el otro no lo era y ahora me doy cuenta; o peor: aquél era el verdadero amor y entonces no podré volver a amar a nadie verdaderamente.

Me gusta remarcar que se puede amar a alguien, que se puede dejar de amar y que se puede después amar a otra persona.

En una charla, alguien preguntó:

“¿Y no se puede amar a los a la vez?”

Tenemos mucho miedo a esa pregunta, porque si aceptáramos y asumiéramos que se puede amar a más de una persona a la vez, ¿qué sería de nuestra seguridad?

 

Si sostengo:

Que se ama una sola vez en la vida es mentira…

Que el amor esta indisolublemente ligado al amor es mentira…

Que el verdadero amor es eterno es mentira…

Si declamo:

Que no se puede volver a amar después de haber amado es mentira…

Defenderme contándome la historia de los tipos de amores, es mentira…

Si, encima de todo, ahora dijera que es posible amar a más de una persona a la vez…

¿Qué nos quedaría? ¿La catástrofe?

Es una posibilidad: la absoluta inseguridad sobre el futuro; por mucho que estemos juntos hoy, mañana no se puede saber.

Pero hay otra posibilidad: junto con las mentiras, desterrar también la idea de la catástrofe y valorar la relación que realmente uno tiene.

Porque…

Ahora que yo sé que no se ama una sola vez ni para siempre, me doy cuenta de que mi esposa bien podría haberme dejado de amar o podría dejar de amarme mañana…

Ahora que sé que el sexo no necesariamente está ligado al amor, me entero de que ella podría elegir con quién va a tener relaciones sexuales.

Ahora que sé que la persona que amo puede amar a más de una persona a la vez, me doy cuenta de que sentirme querido no garantiza que ella ame a otros.

Ahora que yo sé que se deja de amar y que ella elige sobre su propia vida…

Ahora…

Cuando yo llego a mi casa y mi esposa realmente está para encontrarse conmigo y para amarnos, entonces le doy a ese encuentro el valor que tiene.

Ahora que sé todo esto, y estoy seguro de que ella lo sabe, la conciencia de nuestra libertad de elección lejos de ser una catástrofe es el pasaporte a una relación de pareja más plena y trascendente.

Si a pesar de la conciencia ella y él deciden seguir juntos, entonces es maravilloso.

Si negamos la conciencia de los hechos para sostener lo que ya no sucede, aparece la verdadera catástrofe.

 

-¡Vieja!- dice él- ¿por qué no matamos un pavo para nuestro aniversario?

-No me parece una buena idea- dice ella, que ya no lo aguanta – ¿Qué culpa tiene el pavo? ¿Por qué no matamos a tu amigo José que nos presentó?

 

Un matrimonio vivo es un vínculo donde todavía palpita la pareja y no un museo recordatorio de todo lo que fuimos, ni un panteón donde se guardan los restos de nuestra pareja muerta.

La única pareja posible es la que se da entre dos individuos iguales que deciden establecer un acuerdo y lo hacen.

La pareja es un pacto que nos une, y aunque todo pacto conlleva una cierta puesta de límites, este pacto no esta en oposición a la libertad de cada uno; por el contrario, la observación del contrato y la posibilidad de revisarlo y repactar constituyen la libertad.

Son estos puntos de acuerdo con el otro los que nos vinculan como unidad.

Pero atención, esta unidad no es estática, está en continuo movimiento y cambio. Es imprescindible ir modificando lo pactado para mantener el equilibrio inestable que es el vínculo de pareja.

El cambio es constante y es gracias a él que seguir juntos tiene sentido.

 

         

 

 


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