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Estractos y cuentos de Jorge Bucay 2

    

Amor a los hijos

 El mecanismo de identificación proyectiva, por el cual me identifico con algo que proyecté, es muchas veces el comienzo de lo que comúnmente llamamos “querer a alguien”.

La sensación de pertenencia y de incondicionalidad es de los padres para con los hijos, pero de ninguna manera de los hijos para con los padres.

¿Serán capaces los hijos de sentir esto alguna vez?

Sí… por sus hijos. Pero no por mí.

No es ningún mérito querer a los hijos, pero para que ellos puedan querernos, van a tener que tomarse todo el tiempo… Van a tener que empezar por un pedazo de nosotros en el cual se puedan proyectar… identificarse luego con él… y transformar esa identificación en amor. Y entonces nos querrán (o no) dependiendo de lo que les haya pasado en ese vínculo.

La vivencia de la prolongación no es exclusiva de la mamá, es de ambos. Hay mujeres que, además del privilegio del embarazo, creen tener el oscuro derecho de negar que a los hombres también nos sucede esto con nuestros hijos.

Si bien es verdad que hay mas hijos abandonados por sus padres que por sus madres, habría que ver si esto demuestra que os padres son incapaces de querer a los hijos como una prolongación propia, o si es el efecto de una derivación social, donde el lugar que se le da al padre motiva esta actitud.

Si dejáramos a los padres sentir las cosas que las madres dicen sentir en exclusividad, quizás no existirían tantos papás abandonando a sus hijos.

Si la madre cree tener unívocamente derecho y posesión sobre los hijos y la sociedad se la avala, ¿qué lugar le queda al padre? Es responsabilidad del papá la manutención económica y de la mamá ka contención y la presencia afectiva.

Así, la estructura social dice que a la madre no se le puede separa del chico, con toda razón, y que sí se puede separar al padre del chico, con no sé cuánta razón.

Y sin embargo eso dicen los expertos. ¿Podemos creerles?

 

Cuando yo tenía ocho años, encontré el Río Perdido. Nadie sabía dónde estaba, nadie en mi condado podía decirme cómo llegar, pero todos hablaban de él. Cuando llegué por primera vez al Río Perdido, me di cuanta rápidamente que estaba allí. Uno se da cuanta cuando llega. ¡Era el lugar más hermoso que jamás vi, había árboles que caían sobre el río y algunos peces enormes navegando en las aguas transparentes! Así que me saqué la ropa y me tiré al río y nadé entre los peces y sentí el brillo del sol en el agua, y sentí que estaba en el paraíso. Después de pasar toda la tarde ahí, me fui marcando el camino hasta llegar a mi casa y allí le dije a mi padre:

-Papá, encontré el Río Perdido.

Mi papá me miro y rápidamente se dio cuanta de que no le mentía. Entonces me acarició la cabeza y me dijo:

-Yo tenía más o menos tu edad cuando lo vi por primera vez. Nunca pude volver.

Y yo le dije:

-No, no… Pero yo marqué el camino, dejé huellas y corté ramas, así que podremos volver juntos.

Al día siguiente, cuando quise volver, no pude encontrar las marcas que había hecho, y el río se volvió perdido también para mí.

Entonces me quedó el recuerdo y la sensación de que tenía que buscarlo una vez más.

Dos años después, una tarde de otoño, fuimos a la dirección de guardaparques del condado porque mi papá necesitaba trabajo.

Bajamos a un sótano, y mientras papá esperaba en una fila para ser entrevistado, vi que en una pared había un mapa enorme que reproducía cada lugar del condado: cada montaña, cada río, cada accidente geográfico estaba ahí. Así que me acerqué con mis hermanos, que eran menores, para tratar de encontrar el Río Perdido y mostrárselo a ellos. Buscamos y buscamos pero sin éxito.

Entonces se acercó un guardaparque grandote, con bigotes, que me dijo:

-¿Qué estas buscando hijo?

-Buscamos el Río Perdido- dije yo, esperando su ayuda.

Pero el hombre respondió:

-No existe ese lugar.

-¿Cómo que no existe? Yo nadé ahí.

Entonces él me dijo:

-Nadaste en el Río Rojo.

Y yo le dije:

-Nadé en los dos, y sé la diferencia.

Pero él insistió:

-Ese lugar no existe.

En eso regresó mi papá, le tiré del pantalón y le dije:

-Decile, papá, decile que existe el Río Perdido.

Y entonces el señor de uniforme dijo:

Mirá niño, este país depende de que los mapas sean fieles a la realidad. Cualquier cosa que existiera y no estuviera aquí en el mapa del servicio oficial de guardaparques de los Estados Unidos sería una amenaza contra la seguridad del país. Así que si en este mapa dice que el Río Perdido no existe, el Río Perdido no existe.

Yo seguí tirando de la manga de mi papá y le dije:

-Papá, decile…

Mi papá necesitaba el trabajo, así que bajó la cabeza y dijo:

-No-hijo, él es el experto, si él dice que no existe…

Y ese día aprendí algo:

Cuidado con los expertos. Si nadaste en un lugar, si mojaste tu cuerpo en un río, si te bañaste de sol en una orilla, no dejes que los expertos te convenzan de que no existe. Confiá más en tus sensaciones que en los expertos, porque los expertos son gente que pocas veces se mojan.

 

¿Cuántos hijos habrán tenido esos expertos que excluyen del vínculo emocional a los padres?

¿En qué río no habrán nadado?

La verdad, ¿qué importa lo que digan los psicólogos? Qué importa lo que diga yo, lo que diga los libros, ¡qué importa lo que diga nadie! Lo que importa en el amor es lo que cada uno siente.

Porque cada  uno sabe perfectamente cuánto quiere a sus hijos, porque en todo caso este es tu Río Perdido, el que no esta en ningún mapa.

 

Los chicos crecen

 

Cuando una pareja decide tener hijos, aunque no piense en lo que va a pasar, está asumiendo una responsabilidad fantástica, pero también dramática a futuro. Y si… es dramático darme cuenta que esa persona a quien amo tanto como a mí mismo, o más, me va a abandonar, me va a criticar, me va a despreciar, va a decidir en algún momento vivir su vida sin mí.

Y eso es lo que nuestros hijos van a hacer, lo que deben hacer, lo que debemos enseñarles que hagan. Con un poco de suerte los veremos abandonar el nido aunque carguen con las carencias de nuestras miserias y aunque a veces tengan que padecer los condicionamientos de nuestros aciertos.

Salimos al mundo a buscar lo que nos faltó ofreciendo a cambio lo que recibimos.

Yo podría decir que recibí mucho amor, cuidado, protección, estímulo, normas y conciencia de la importancia del trabajo; y diría que me faltó presencia, reconocimiento, caricias y juegos.

Una vez, a un grupo de personas se les pidió que en un papel escriban: ¿Qué recibí? Y ¿Qué me faltó? Una mujer, con la primer pregunta respondió: “Nada”. Y agregó: “Por lo tanto me faltó: Todo”. Imagínense, esta mujer andaba por el mundo exigiendo “todo”, a cambio de lo cual no daba “nada”.

Y por supuesto que no encontraba lo que necesitaba.

Y por supuesto que lloraba todo el tiempo sus creencias y su soledad.

Y por supuesto se quejaba de la injusticia de que nadie le quisiera dar lo que ella necesitaba.

Porque estaba puesta en ese lugar: buscaba a alguien que le diera “todo” a cambio de “nada”.

La vida es una transacción: dar  y recibir son dos caras de la misma moneda. Si la moneda tiene una sola cara, es falsa, cualquiera sea la cara que falte. Es de todas formas dramático que alguien no quiera recibir “nada” a cambio de darlo “todo”.

 

Había una vez, en las afueras de un pueblo, un árbol enorme y hermoso que generosamente vivía regalando a todos los que se acercaba el frescor de su sombra, el aroma de sus flores y el increíble canto de los pájaros que anidaban entre sus ramas.

El árbol era querido por todos en el pueblo, pero especialmente por los niños, que se trepaban por el tronco y se balanceaban entre las ramas con su complicidad complaciente.

Si bien el árbol tenía predilección por la compañía de los más pequeños, había un niño entre ellos que era su preferido. Este aparecía siempre al atardecer, cuando los otros se iban.

-Hola amiguito- decía el árbol, y con gran esfuerzo bajaba sus ranas al suelo para ayudar al niño en la trepada, permitiéndole además cortar algunos de sus brotes verdes para hacerse una corona de hojas aunque el desgarro le doliera un poco. El chico se balanceaba con ganas y le contaba al árbol las cosas que le pasaban en su casa.

Con el correr del tiempo, cuando el niño se volvió un adolescente, de un día para el otro, dejó de visitar al árbol.

Años después, una tarde, el árbol lo ve caminando a lo lejos y lo llama con entusiasmo:

-Amigo… amigo… vení, acercate… Cuánto hace que no venís…Trépate y charlemos.

-No tengo tiempo para esas estupideces- dice el muchacho.

-Pero… disfrutábamos tanto juntos cuando eras chico…

-Antes no sabía que se necesitaba plata para vivir, ahora busco plata, ¿Tenés plata para darme?

El árbol se entristeció un poco, pero se repuso enseguida.

-No tengo plata, pero tengo mas ramas llenas de frutos. Podés subirte y llevarte algunos, venderlos y obtener la plata que querés…

-Buena idea- dijo el muchacho, y subió por la rama que el árbol le tendió para que se trepara como cuando era chico.

Luego arrancó todos los frutos del árbol, incluidos los que aún no estaban maduros. Llenó con ellas unas bolsas de arpillera y se fue al mercado. El árbol se sorprendió de que su amigo no le dijera ni gracias, pero dedujo que tendría urgencia por llegar antes que cerraran los compradores.

Pasaron casi diez años hasta que el árbol vio otra vez a su amigo. Era un adulto ahora.

-Que grande estás- le dijo emocionado; -vení, subite como cuando eras chico, contame de vos.

-No entendés nada, como para trepar estoy… lo que necesito es una casa. ¿Podés acaso darme una?

El árbol pensó unos minutos.

-No, pero mis ramas son fuertes y elásticas. Podrías hacer una casa muy resistente con ellas.

El joven salió corriendo con la cara iluminada. Una hora más tarde llegó con una sierra y empezó a cortar ramas, tanto secas como verdes. El árbol sintió el dolor, pero no se quejó. No quería que su amigo se sintiera culpable. Una por una, todas las ramas cayeron dejando el tronco pelado. El árbol guardó silencio hasta que terminó la poda y después vio al joven alejarse esperando inútilmente una mirada o gesto de gratitud que nunca sucedió.

Con el tronco desnudo, el árbol se fue secando. Era demasiado viejo para hacer crecer nuevamente ramas y hojas que lo alimentaran.

Quizás por eso, cuando diez años después lo vio venir, solamente dijo:

-Hola. ¿Qué necesitas esta vez?

-Quiero viajar. Pero ¿qué podés hacer vos? No tenés ramas ni frutos para vender.

-Qué importa, hijo- dijo el árbol, -podés cortar mi tronco, total yo no lo uso. Con él podrías hacer una canoa para recorrer el mundo.

-Buena idea- dijo el hombre.

Horas después volvió con un hacha y taló el árbol. Hizo su canoa y se fue. Del árbol quedó solo el pequeño tocón a ras del suelo.

Dicen que el árbol aún espera el regreso de su amigo para que le cuente de su viaje.

Nuca se dio cuanta de que ya no volverá. El niño ha crecido y esos hombres no vuelven donde no hay nada para tomar.

El árbol espera, vacío, aunque sabe que no tiene nada más para dar.

 

Repito. Nuestros condicionamientos han hecho de nosotros esto que somos, pero seguimos pudiendo elegir.

Cuando yo asuma que no es posible encontrar a alguien que pueda darme presencia, reconocimiento, caricias y juego soportando mis normas. Mis exigencias y mi exceso de trabajo… quizás empiece a corregir lo que doy. Quizás aprenda a dar otras cosas. Quizás aprenda algo nuevo.

Puede suceder que te encuentres sintiendo que aquello que te faltó, en realidad es lo que más das. A veces pasa…

Es que en el camino aprendo a dar lo que necesito.

Es una exploración muy interesante, una jugada maestra para tratar de obtener lo que quiero.

Por ejemplo, voy por el mundo mostrando que a todos, no porque quiera aceptarlos, sino porque en realidad es los que busco, alguien que me acepte incondicionalmente.

Un pequeño intento para ver si m vuelvo lo mismo que yo estoy necesitando.

 

 

Mis hijos son hermanos

 

La mayoría de las veces, los padres somos casi únicos responsables de la mala relación entre hermanos, porque ésta tiene absolutamente que ver  con cómo los hemos educado.

Desde el punto de vista fraternal, nunca dejan de sorprender las peleas entre hermanos por la herencia, por el dinero, por el afecto de los padres, por las historias de las frases que empiezan con… “Mirá tu hermano”… o terminan con “por qué no haces como tu hermano”…

Aquel que tiene un hermano con el que no se relaciona, de alguna manera tiene un agujero en su estructura: ha perdido un pedazo de su vida.

No exageramos si decimos que en los conflictos entre hermanos el 75% del problema ha sido enseñado por los educadores.

La historia de los hermanos es fatal cuando algunos de los hijos queda excluido del amor de los padres, o por lo menos, de su cuidado y de su atención.

Es verdad que a los hijos se los quiere por igual. Después de un tiempo empiezan las afinidades y los padres se relacionan con cada uno de los hijos de diferente manera en diferentes momentos y en distintos grados de sintonía.

 Aquella exclusión es dañina, pero es peor cuando estas historias se destapan después de la muerte de los padres, cuando ya no se puede hacer nada para arreglarlo.

El cuanto del labrador y su testamento, habla un poco sobre el amor y la competencia entre hermanos.

 

Cuando el viejo Nicasio se asustó tanto con su primer dolor en el pecho que mandó a llamar al notario par dictarle un testamento.

El viejo siempre había conservado el mal gusto que le dejó la horrible situación sucedida entre sus hermanos a la muerte  de sus padres. Se había prometido que nunca permitiría que esto pasara entre Fermín y Santiago, sus dos hijos. Dejó por escrito que a su muerte un agrimensor viniera hasta el campo y lo mediara al milímetro.

Una vez hecho el registro debía disidir el campo en dos parcelas exactamente iguales y entregar la mitad del lado este a Fermín, que ya vivía en una pequeña casita en esa mitad con su esposa y sus dos hijos; y la otra mitad a Santiago, que a pesar de ser soltero pasaba algunas noches en la casa vieja que estaba en la mitad oeste del campo. La familia había vivido toda su existencia del labrado de ese terreno, así que no dudaba  que esto debía dejarles lo suficiente como para tener siempre qué comer.

Pocas semanas después de firmar este documento y contarles a sus hijos su dedición, una noche Nicasio se murió.

Como estaba establecido, el agrimensor hizo el trabajo de medición y dividió el terreno en dos partes iguales clavando dos estacas a cada lado del terreno y tendiendo una cuerda entre ellas.

Siete días habían pasado cuando Fermín, el mayor de los hijos del finado, entró a la iglesia y pidió hablar con el sacerdote, un viejo sabio y bondadoso que lo conocía desde que lo había bautizado.

-Padre- dijo el mayor de os hermanos, -vengo lleno de congoja y arrepentimiento, creo que por corregir un error estoy cometiendo otro.

-¿De qué se trata?- preguntó el párroco.

-Le diré, padre. Antes de morir el viejo, él estableció que el terreno se dividiría en partes iguales. Y la verdad, padre, es que me pareció injusto. Yo tengo esposa y dos  hijos y mi hermano vive solo en la casa de la colina. No quise discutir con nadie cuando me enteré, pero la noche de su muerte me levanté y corrí las estacas hasta donde debían estar… Y aquí viene la situación, padre. A la mañana siguiente, la soga y las estacas habían vuelto a su lugar. Pesé que había imaginado el episodio, así que a la noche siguiente repetí el intento y a la mañana otra vez la cuerda estaba en su lugar. Hice lo mismo cada noche desde entonces y siempre con el mismo resultado. Y ahora, padre, pienso que quizás mi padre esté enojado conmigo por vulnerar su decisión y su alma no pueda ir a cielo por mi culpa. ¿Puede ser que el espíritu de mi padre no se eleve por esto, padre?

El viejo cura lo miró por encima de sus anteojos y le dijo:

-¿Sabe ya tu hermano de esto?

-No, padre- Contestó el muchacho.

-Andá, decile que venga que quiero hablar con él.

-Pero padrecito… mi viejo…

-Después vamos a hablar de eso, ahora traéme a tu hermano.

Santiago entró en el pequeño despacho y se sentó frente al cura, que no perdió tiempo:

-Decime… ¿Vos no estuviste de acuerdo con la decisión de tu padre sobre la división del terreno en partes iguales, verdad?

-el muchacho no entendía muy bien cómo el sacerdote sabía de sus sentimientos-. Y a pesar de no estar de acuerdo no dijiste nada ¿no es cierto?

-Para no enojar a papá- argumentó el joven.

-Y para no enojarlo te viniste levantando todas las noches para hacer justicia con tu propia mano, corriendo las estacas, ¿no es así?

El muchacho asintió con la cabeza entre sorprendido y avergonzado.

-Tu hermano está ahí afuera, decile que pase- ordenó el cura.

Unos minutos después los dos hermanos estaban sentados frente al sacerdote mirando silenciosamente el piso.

-¡Qué vergüenza!… su padre debe estar llorando desconsolado por ustedes. Yo os bauticé, yo les di la primera comunión, yo te casé a vos, Fermín, y bauticé a tus hijos, mientras que vos, Santiago, les sostenías las cabecitas en el altar. Ustedes en su necedad han creído que su padre regresaba de la muerte a imponer su decisión, pero no es así. Su padre se ha ganado el cielo sin lugar a dudas y allí estará para siempre. No es esa la razón del misterio. Ustedes dos son hermanos, son iguales. Así fue como cada  uno por su lado, guiado por el mezquino impulso de sus intereses, se ha levantado cada noche desde la muerte de su padre a correr las estacas. Claro, a la mañana las estacas aparecían en el mismo lugar. Claro ¡si el otro las había cambiado en sentido contrario!

Los dos hermanos levantaron la cabeza y se encontraron en las miradas.

-¿De verdad Fermín que vos…?

-Si, Santiago, pero nunca pensé que vos… yo creí que era el viejo enojado…

el más joven rió y contagió a su hermano.

-Te quiero mucho, hermanito- dijo Fermín emocionado.

-Y yo te quiero a vos- contestó Santiago poniéndose de pie para abrazar a Fermín.

El cura estaba rojo de furia.

-¿Qué significa esto? Ustedes no entienden nada. Pecadores, blasfemos. Cada uno de ustedes alimenta su propia ambición y encima se felicitan por la coincidencia. Esto es muy grave…

-Tranquilo padrecito… el que no entiende nada, con todo respeto, es usted- dijo Fermín.- todas las noches pensaba que no era justo que yo, que vivo con mi esposa y mis hijos, recibiera igual terreno que mi hermano. Algún día, me dije, cuando seamos mayores, ellos se van a hacer cargo de la familia; en cambio Santiago está solo, y pensé que era justo que él tuviera un poco más, porque lo iba a necesitar más que yo. Y me levanté cada noche a correr las estacas hacia mi lado para agrandar el terreno de él…

-Y yo… – dijo Santiago con una gran sonrisa-. ¿Para qué necesitaba yo tanto terreno? Pensé que no era justo que viviendo solo recibiera la misma parcela que Fermín, que tiene que alimentar cuatro bocas. Y entonces, como no había querido discutir con papá en vida, me levanté cada una de estas noches para correr las estacas y agrandar el campo de mi hermano.

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